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Cuando pequeño mis cumpleaños eran maratónicos. Mi mamá hacía juegos con todos los niños de la cuadra, había carreras de sacos, piñata, concursos, siempre había mucha gente, muchos niños.
Yo soy hijo único y era muy casero y solitario. Quizás mi madre lo hacía para hacerme sentir menos solo ese día.
Pero cuando cumplí 13 años, ella me preguntó qué quería hacer para mi cumple y yo le dije lo que quería.
Ese año había comenzado secundaria. Comencé en una escuela técnica que estaba llena de malandros, demasiado crudo para un niño que venía de un colegio privado, pequeño, y que además era burda de caído de la mata e inocente.
A los dos meses de haber comenzado clases, en noviembre, le dije a mi mamá que me cambiara al liceo donde se habían ido mis amiguitos de primaria, pero ya era muy tarde, para ese año. Tenía que esperar. Fue una horrible espera.
Fue tal mi nivel de desesperación que hice un calendario donde llevaba la cuenta regresiva de cuántos días me faltaban para terminar el año escolar. Fue horrible y desesperante. Afortunadamente sobreviví. En algunos momentos pensé que no podría.
Ese año cumplí 13 años.
Cuando mi madre me preguntó qué quería hacer para mi cumpleaños le dije que no quería esas fiestas maratónicas, estaba triste y deprimido, y sólo quería una torta de fresa y frescolita.
Ese día mi mamá llegó del trabajo con una torta de fresa y una botella de frescolita. Una amiga de ella me había mandado una bolsa grande de cheese tris. Muy rico. Mi mamá me preguntó si llamábamos a los vecinos del frente y le dije que no, que quería cantar cumpleaños solo los tres, mi papá, mi mamá y yo. Esperamos a que mi papá llegara y cantamos cumpleaños.
Tenía mi torta favorita casi toda para mí, una bolsa de cheese tris y frescolita. Fue el mejor cumpleaños que recuerde por años.
No sé porqué pero ese día, cuando llegó mi mamá del trabajo, yo estaba en la sala, en una colchoneta, creo que ese día no quise ir a clases. Realmente estaba muy triste.
Ese fue el mejor cumpleaños que recuerde por muchos años.
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Otro cumpleaños que recuerdo fue uno que vino Darío, mi ex. Fue el primer año de la ansiedad, yo estaba comenzando con los síntomas. Tenía 5 meses y la situación se hacía más intensa. Había quedado con él que nos veríamos en Caracas, pero no pude subir, le dije que nos viéramos en un centro comercial cerca de mi casa, pero tampoco pude salir de mi casa, le llamé llorando para ver si él podía venir a mi casa, y él vino.
Le compré una botella del refresco que a él le gusta. Él me trajo un regalo y una bolsa grande de cheese tris. Fue genial. Él ya conocía la historia. Estuvimos los tres, mi mamá, Darío y yo. Hablamos un rato, lo abracé, cantamos cumpleaños, comimos torta y él volvió a subir. Lo acompañé hasta la parada.
Lo que me gustó de esos dos cumpleaños es que no había mucha gente. No había gente que atender, que servirles la comida, no tenía que estar pendiente si estaban disfrutando la fiesta, si estaban conversando, si estaban solos, si se sentían bien. Sólo estaban personas queridas, pocas, pocas personas queridas. Eso me gustaba. Todavía me gusta.
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