mi proceso VII
Una de las cosas que he intentado desmontar estos dos años de terapia es al “tipo perfecto”. La cosa no ha sido sencilla. He pasado de un extremo a otro, y a veces ni yo mismo me soporto.
El Willy pasado era el amigo ideal, que siempre estaba dispuesto a escuchar, no importa la hora, el cansancio, los problemas personales, siempre estado disponible. Eso cambió. Ahora soy más honesto conmigo mismo. Cuando no me interesa escuchar un cuento, problema o anécdota de un amigo, compañero de trabajo o conocido, pues no lo escucho. Y le hago entender rápidamente a la otra persona que no estoy interesado en su historia. Aunque caiga pesado, suene grosero o egoísta, si no me interesa, no me lo cuentes.
Eso ha marcado una diferencia enorme con el nuevo tipo de amigos y panas que ha aparecido. Ya no son amistades de vamos a vernos para que “me cuentes tus mismos problemas de hace 10 años y que no te atreves a resolver” sino de disfrutar las salidas, los encuentros. Ahora voy a comer con mis amigos, salgo a bailar, nos tomamos unas cervezas, vamos al cine, y por supuesto que hablamos, pero no para repetir el mismo problema de toda la vida, no.
Eso está bien. Eso me gusta, me siento cómodo con esa parte del nuevo Willy, pero hay otra que me incomoda y no sé cómo trabajarla.
Antes me generaba mucha ansiedad los sitios con gente porque me sentía responsable de la felicidad de los demás, incluso de extraños. Eso pasaba en el metro, en fiestas, reuniones, en clase, en el trabajo, en la calle, era horrible.
Cuando llegaba a sitios donde había gente enseguida comenzaba a exigirme caerle bien a todo el mundo. Una necesidad casi patológica de ser aceptado y querido por lo demás. Entonces era el tipo “chévere”, conversador, que escuchaba, el que sacaba a bailar a todas las mujeres de la fiesta, el que se calaba los ladrillos de conversación de cuanto aburrido estuviera presente.
Ahora no. Ahora soy… ¿cómo decirlo? Imprudente, irreverente, grosero, descortés, ordinario. La cosa la he llevado al otro extremo, pongo tanto esfuerzo en alejarme del “tipo perfecto”, que paso a ser el insoportable.
Soy el que interrumpe a los demás, el que le sabe a culo lo que piensen otros, el imprudente que cuenta cosas personas de los otros presentes, frente a ellos mismos, además.
Ha sido un desbalance total.
Estoy yendo de un extremo a otro. Y si no me incomodara no habría rollo, pero sí me incomoda. No se trata de volver a intentar ser el “chico ideal”, sino de buscar un punto donde me sienta cómodo, inclusive no se trata de que sea un punto intermedio. Hay cosas que he ganado en estos dos años que no estoy dispuesto a dejar o a renunciar sólo para caerle mejor a las personas.
En terapia hablaba esto con el doctor y le comentaba que yo sentía que había mucha agresividad contenida, todo ese show de “Yo el irreverente” también es miedo, terror… ¿a qué? No sé, a lo mejor miedo a intentar ser amable con los demás y no ser querido. No sé. A lo mejor ser grosero me da una falsa excusa: “no le caigo bien a la gente por mi irreverencia”. No sé.
Mi terapeuta me dijo que tal vez sea un intento de autoreforzamiento, de decirme a mí mismo, sí puedo ser otro, sí puedo dejar de depender de la aceptación de los demás. Eso es lo que estoy averiguando.
Lo que sí quiero intentar es bajar esos niveles de agresividad con los demás, con todos, amigos, conocidos, extraños. Estar rodeado de gente ahora me desconcierta. No sé cómo debo actuar. No sé si debo escuchar los peos que no me interesan de cualquier persona, o si debo escucharlos y fingir que me importa. No sé si debo ser prudente y discreto con lo que los demás me cuenten o si mi indiscreción me ahorra el hecho de que los demás me quieran venir a contar vainas de ellos que en realidad no me interesan.
Tengo muchas preguntas, pocas respuestas y un poco de miedo. Vamos a ver cómo se resuelve esto.
2 comentarios:
Hey Willy,
Nosotros los paisas tenemos un refrán: "Ni tanto que queme al santo ni tan poco que no lo alumbre"
Sin pretender dar consejos ni analizarte porque no soy terapeuta, siento que lo que hablas de andar de un extremo a otro es simplemente las dos caras de una misma moneda: es pasar del perfecto amigo....al perfecto idiota.
La diplomacia es el arte de decir las peores cosas en los mejores términos.
El sarcasmo consiste en decir exactamente lo que la gente no quiere oír.
Dedícate a ti mismo y no estés buscando el apoyo o el rechazo de los demás... eso déjaselo a la Divas como María Félix, que siempre decía: "Que hablen bien o que hablen mal.....pero que hablen"
Saludos,
jajajajaja
¿será?
está bueno el refrán
vamos a ver cómo me va con esta búsqueda personal
besos
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