
De pequeño era un niño solitario. Tal vez fuese porque era hijo único o tal vez sólo porque era así y punto. Tenía un cajón de madera, pintado de colores y adentro guardaba todos los juguetes, carritos, muñecos, piezas, todo lo que tenía iba a ese cajón, regalos de piñatas, cotillones, era una mezcla de muchas cosas.
Cuando iba a empezar a jugar volteaba el cajón y los juguetes caían desparramados en todo el piso de mi cuarto. Casi siempre jugaba en mi cuarto.
Ahí comenzaba todo. Empezaba a armar una ciudad, calles, casas, vidas, muñecos, carros, todo tenía una historia, había un mercado, trabajo, escuela, diversión, eran pequeñas ciudades.
Cuando descubrí los sartenes y las pequeñas cocinas de plástico que vienen dentro de las piñatas, mis juegos eran mucho más reales. Cada casa intentaba tener una cocina, con sartenes, ollas. Preparaba cenas, almuerzos. No todas las casas la tenían, pero las principales sí.
Un año, no recuerdo cuál, llegó a mis manos una edición del cuento del Diluvio Universal, pero era de esos cuentos que cuando los abres salen figuras de cartulina en relieve. Todo era muy impresionante, el arca, los animales, Noé, su familia, el diluvio.
No me vine a dar cuenta sino ahora en la adultez, pero después de eso cuento todos mis juegos con el cajón de los juguetes terminaban con un gran diluvio, o con una ola gigante que venía de muy lejos y les permitía a la gente de la ciudad prepararse y modificar sus casas para que flotaran.
Cuando finalmente llegaba la ola, arrasaba con parte del pueblo, pero otra parte flotaba y sobrevivía. Ese no era el final del juego. Continuaba la vida, ahora en modalidad acuática, los muñequitos se transportaban en lanchas, remando, y mi pueblo era de palafitos o de casas flotantes.
Lo asombroso de todo esto es que yo podía durar horas y horas jugando en mi cuarto, con mis juguetes, sin pronunciar una palabra, ni una sola. Todos los diálogos, toda la acción, todas las vivencias de mis muñequitos, pasaban en mi mente, en mi cabeza.
Horas y horas de absoluto silencio. Hoy recuerdo eso y me parece increíble, inverosímil que un niño pueda durar tanto tiempo en silencio.
Mi mamá siempre cuenta un día que había unos amigos de mis padres en la casa, y comenzaron a buscarme. Era la 1 de la tarde, buscaron, me llamaron, la sala, el patio, la cuadra, los vecinos, llamaron, llamaron y nada que yo aparecía. Estaban a punto de llamar a la policía cuando mi mamá se le ocurre buscarme en mi cuarto. Entra y me ve. Estaba super preocupada, me preguntó donde había estado todo ese tiempo, cerca de cuatro horas, y yo le dije que en mi habitación jugando, tan metido en el juego que no escuchaba que me llamaban, cerca de cuatro horas jugando en el más absoluto silencio. De verdad era un niño solitario.
1 comentario:
Hola Willy,
Para bien o para mal los solitarios tenemos la ventaja de ser los mejores amigos..... de nosotros mismos.
Oye siempre tu voz interior, porque aunque a veces sea confusa y hable muy tenuemente, siempre estará contigo, es incondicional y nunca te abandonará.
Saludos,
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